Lluvia, viento, terremoto, miseria, desesperación y llanto.
Este fatídico invierno está azotando en demasía, tanto a las economías ya ultrajadas por la durísima crisis económica, como a las poblaciones más desarrolladas del planeta tierra. Y aunque no quepa clasificación ni merecimiento a la pena ni al dolor humano: todos somos iguales, comemos, defecamos, amamos, repudiamos y morimos. Aún así, criticamos y debemos corregir la maldad que mana del hombre. Pero qué hacemos contra la ira y la sinrazón de la naturaleza…
Es éstas y otras tempestades no deberíamos de olvidar a los más vulnerables: los impedidos de bienestar, expuestos a la mísera barbarie: a posteriori y a corto plazo.
La gravedad máxima de los lamentables días que vivimos está recayendo, entre otros, sobre la masa ya en sufrimiento generalizado en la cotidianidad de la propi sociedad. Aunque tampoco debemos de olvidar la imparcialidad de la naturaleza y el dolor y la miseria recaigan sobre la multitud de afectados en general. En los más débiles, en cambio, y, además, se depositará el máximo dolor futurista. Un dolor que una vez pasada la tempestad olvidará la propia sociedad y la habrán de albergar y sufrir en solitario los más débiles e indefensos de las sociedades avasalladas por la acción de la propia naturaleza.
A las gentes sencillas y necesitadas llegará el bienestar en desigualdad social y a lo escaso. Buena mayoría de los afectados son gentes sencillas, imbuidas en la miseria del pasado que ahora verán en con creces recrecida...
Colaboremos con las ayudas económicas a los necesitados: ahora que el asunto está caliente y nos conmueve el corazón. Pero hagámoslo también dentro de unos meses: cuando la crueldad de la miseria acreciente en los más débiles y la situación ya no sea noticia de portadas ni digna de mención en los telediarios.
Agustín Conchilla
martes, 2 de marzo de 2010
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