domingo, 16 de marzo de 2008

Artículo sobre Miguel de Unamuno

MIGUEL DE UNAMUNO: FILÓSOFO, DRAMATURGO, POETA, NOVELISTA…

(1864-1936)

Texto del filósofo, escritor y poeta Miguel de Unamuno:

Besos que vienen riendo, luego llorando se van, y en ellos se va la vida, que nunca más volverá.

El poeta, dramaturgo, escritor, novelista y administrador de varios títulos, Miguel de Unamuno y Jugo, nació en Bilbao el 29 de septiembre de 1864, y murió en Salamanca el 31 de diciembre de 1936, a los 72 años de edad. En su larga trayectoria profesional e intelectual, sin embargo, dejaría una extensa obra literaria, similar a la de algunos títulos que a continuación expongo: Entorno al catecismo (1895) la Vida de Don Quijote y Sancho (1905). Mi religión y otros ensayos (1910) Soliloquios y conversaciones (1911) Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913). ­ Niebla (1914) Abel Sánchez (1917) El Cristo de Velázquez (1920). La agonía del Cristianismo (1926-1931). San Manuel Bueno, Mártir (1933), así como amplia gama en distintos géneros literarios y artículos, e infinidad de poemas de alta calidad. Unamuno fue un gran intelectual para su época y un pensador de controvertido carácter con la realidad del momento que viviera, entre disturbios políticos o de corrientes capitalistas y obreras revolucionarias. Aunque también sería hombre de reconocida erudición y valentía entre los propios intelectuales de los siglos XIX-XX que emergieran de las tierras de Castilla y de sus aledaños. Y aunque él mismo naciera en las vascongadas y estudiara sus orígenes y adorara aquella linda tierra natal que emerge por el norte de España, también sentiría la chispa del odio personal por discrepar con Sabino Arana (1865-1903), sobre el origen y la prehistoria de la raza vasca y del naciente nacionalismo vascuence que para caldo de cultivo posterior y, aún en la actualidad, iniciaría el también escritor, poeta y pensador denominado padre del Nacionalismo Vasco y coautor de la simbología de la ikurriña, Bandera Vasca: Sabino Arana. Sabino murió a causa de la enfermedad de Addison a la temprana edad de los 38 años, aunque en diferentes discursos había identificado a Miguel de Unamuno como un simple “españolista” alejado de la identidad prehistórica y de la pureza de la raza vasca.

Unamuno perteneció a la fructífera consagración de la generación del 98, aunque en distintas etapas de su vida llegó a ocupar los cargos de Rector en la Universidad de Salamanca. Incluso anteriormente se había presentado a la cátedra de psicología, lógica y ética, junto a Sabino Arana, y otro colega poeta: Resurrección María de Azkue, en quien recaería la plaza. Sin embargo, el consagrado e importante intelectual Unamuno moriría en la soledad de la reclusión por “exilio involuntario y encarcelado en su propia casa”, a pocos meses del inicio de la guerra por alzamiento militar a través de la sublevación política de julio del 36. Una sublevación que ya en sus principios defendiera y apoyara Unamuno, ante la incertidumbre de algarabía y desorden nacional que la revolución del marxismo y las tendencias reaccionarias de los ultraderechistas pudieran gestar sobre las calles y las plazas de España. No obstante, Unamuno vería muy pronto que aquella implantación de respeto y autoridad, bajo virulenta doctrina militar, desordenada y justiciera, llevaría al país a un sentimiento de caos, así como a más odio y al posible absolutismo de una indignidad social desmesurada. Además de infinita crueldad por exterminio y más atropellos sociales de aquellos por cuales un pensador filosófico desearía evadirse y evadir a la sociedad para conseguir la pureza mental de su pueblo. Por tanto, ese no sería el planteamiento inicial que él sintiera en defensa de la salvaguarda nacional, e incluso en respeto social bajo autoritarismo militar amparado en las turbas o “la efigie de una denominada por la CEDA demoníaca bandera republicana-tricolor”. Una bandera que los sublevados cambiarían por la Rojigualda que implantara el rey Carlos III el día ocho de mayo de 1785. El exterminio al contrario, en cambio, dejaría grandes surcos de injusticia social, humana y religiosa, en el sentir filosófico del controversista y pensador Unamuno. En aquel estado de agonía política le llevaría la historia contemporánea a los últimos días del año, a su propia muerte en cautiverio domiciliario. A la noticia de tan súbita e inesperada muerte, en cambio, escribiría su colega de la enseñanza y también poeta, Antonio Machado: Señalemos que Unamuno ha muerto repentinamente, como quien muere en la guerra: ¿contra quién? Contra sí mismo…

Miguel de Unamuno acarició muy pronto la doctrina de la libertad y la igualdad social que promulgara el Partido Socialista Obrero Español, a finales de siglo XIX, en su ya avanzada juventud. En consecuencia se afilió a las líneas del socialismo de Pablo Iglesias y en ellas permaneció entre 1894-1897. Además, el filósofo ocuparía el cargo de rector vitalicio a título honorífico en la Universidad de Salamanca en 1936, -aunque en su trayectoria anterior había ocupado el cargo en más de una ocasión, en la misma universidad-. De la que fuera sustituido, sentenciado y desterrado a la Isla de Fuerteventura por injuriar a la corona y a la familia real de Alfonso XIII. Los avatares de la época no darían tregua al reposo de la intelectualidad y cuando en julio de 1936 daba una conferencia en la Universidad de Salamanca fue sorprendido e interrumpido por algunos exacerbados y seguidores de la sublevación político-militar: miembros de la CEDA. Miguel de Unamuno, sin embargo, acogería con simpatía y buena gana aquella sublevación bajo doctrina militar porque a su parecer aquello encauzaría a España a la dignidad de disciplina social; así como al encauzamiento de respeto y al orden público. Aunque las matanzas y las purgas entre políticos, intelectuales, amigos, colegas, desafectos al levantamiento de múltiples conocidos suyos; cuyos familiares le imploraban intervención para salvarles del paredón, le harían reflexionar sobre la innobleza de aquellos justicieros “defensores de la España ultrajada”.

Aquel indiscriminado actuar en controversia pacífica, desorden socio-criminal y un promulgado carácter sanguinario y exterminador, al paso y a la toma de las ciudades, llevaría a Unamuno a publicar una vez más su consabida valentía personal y opositora. El 12 de octubre del 1936, en plena fiesta militar subió al estrado y expuso el porqué retiraba su apoyo al levantamiento político-militar. Un apoyo que en principio, a él mismo diera por verlo con buenos ojos, y para cual pidió apoyo internacional a todos los intelectuales de la Europa Cultural. En consecuencia, Unamuno sentiría la crítica y el rechazo unánime de todos ellos. Ahora en cambio, era él quien bautizaba al levantamiento militar con la siguiente frase: Venceréis, pero no convenceréis…En aquel día de fiesta, entre múltiples militares y muchedumbre de la población civil, afecta al levantamiento, se hallaba el general José Millán Astray que escuchó las palabras de retracción de apoyo al movimiento y empezó a gritar: "¿Puedo hablar…? ¿Puedo hablar…?" Mientras tanto, alguien gritaba entre el público: ¡Viva la muerte…!". El general tomó la palabra y dijo: ¡el País Vasco y Cataluña son dos cánceres en el cuerpo de la nación! —y prosiguió bajo enardecido acaloramiento— ¡”El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos cortando la carne viva y sana como un frío bisturí!". A lo que Unamuno respondió entrado en cólera: "Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de ¡viva la muerte!”. Esto me suena lo mismo que, ¡muera la vida!’. —en aquel enrarecido dialecto prosiguió Unamuno—. “¡El general Millán Astray es un inválido, un inválido de guerra; también lo fue Cervantes!”. “¡Pero los extremos no sirven como norma y hoy hay demasiados inválidos y pronto habrá más si Dios no nos ayuda!” —a cuyo argumento añadió—. “¡Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas!”. “¡Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo, a pesar de sus mutilaciones!” —prosiguió Unamuno y lo dejo concluir—. “¡Un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él…!”

Por aquellas manifestaciones expuestas en plena guerra civil tuvo que salir escoltado del acto de la “Fiesta de la Raza”: al respaldo de la guardia personal de la familia de Franco, para evitar represalias. Salió cogido o cobijado del brazo de Carmen Polo, esposa de uno de los máximos responsables de la sublevación político-militar y único dictador a posterioridad dinástica: el general Francisco Franco Bahamonde.

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